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Perú 2026: demasiados candidatos, un patrón que se repite

AAndrés Quispe
··8 min de lectura·candidatospresidenciaperu
Men in period costumes stand at a ceremony. — Photo by Pueblo Libre on Unsplash

La foto de este jueves, 9 de abril de 2026, no enseña a un favorito llevándose todo por delante. Enseña otra cosa. Algo más peruano, más fácil de reconocer y, a la vez, más engañoso para quien se quede mirando apenas la espuma del día: un pelotón larguísimo, nombres regados y encuestas que reparten migajas. Yo lo leo por un carril medio incómodo para el entusiasmo con las caras nuevas, porque la historia electoral del Perú suele premiar al apellido ya instalado, al candidato que aguanta el barro y llega vivo al repechaje, no necesariamente al que gana abril en Google Trends.

Ya pasó. En 2006, Ollanta Humala lideró la primera vuelta con 30.6% y Alan García, que venía cargando un pasado pesadísimo, se metió al balotaje con 24.3%. En 2016, Keiko Fujimori sacó 39.9% en primera vuelta y Pedro Pablo Kuczynski avanzó segundo con 21.1%, lejísimos, sí, pero alcanzó. En 2021, con una boleta hecha rompecabezas, Pedro Castillo pasó con 18.9% y Keiko con 13.4%. Tres elecciones, tres mapas distintos, y una moraleja que se repite: en Perú no hace falta enamorar a medio país para seguir en carrera; hace falta ser reconocible cuando los demás, todos los demás, se pisan los cordones entre sí.

El ruido favorece a quien ya conoce la cancha

Cuantos más candidatos salen a escena, menos importa el techo temprano y más vale tener un piso duro. Así. Esa lógica no es nueva; se parece bastante a esos partidos de la selección en el Nacional donde Perú no encontraba una idea clara, no hilaba bonito, pero igual sobrevivía por detalles chiquitos que terminaban valiendo un montón. Pienso en el Perú 2-1 Ecuador de junio de 2009, en Lima: el equipo de Chemo no era armonía ni mucho menos, era urgencia pura, un manojo de nervios con camiseta, y aun así sostuvo la noche porque hubo nombres que supieron convivir con la tensión cuando todo quemaba. La política peruana, nos guste o no, se mueve parecido cuando el tablero se parte en diez o doce pedazos.

Keiko Fujimori entra, de frente, en esa categoría de memoria larga. No porque guste más. Porque en escenarios atomizados su nivel de conocimiento público se convierte en una ventaja casi mecánica. Ya estuvo en segunda vuelta en 2011, 2016 y 2021. Eso no asegura nada para 2026, claro que no, pero sería bien de principiante leer esa secuencia como si fuera casualidad. Cuando el voto se fragmenta, la marca conocida suele cobrar primero.

Papeletas de votación apiladas en una mesa durante un proceso electoral
Papeletas de votación apiladas en una mesa durante un proceso electoral

Ahí aparece la parte de apuestas, aunque esto no sea un partido con 1X2 en la pantalla. En los mercados políticos, cuando aparecen, suele haber dos errores de lectura muy humanos, demasiado humanos: pagar de más por el nombre nuevo que sube al toque y castigar en exceso al apellido que carga un rechazo alto. En Perú, ese rechazo no siempre sentencia. No da. Keiko lo probó llegando tres veces al mano a mano final. Alan García también dejó esa lección en 2006, cuando varios daban por inviable su regreso. El valor histórico, si uno quisiera pasarlo a cuota implícita, no está en el candidato simpático de abril sino en quien trae estructura, recuerdo y una base que no se evapora por una semana mala, o por dos, o por una racha piña.

La segunda plaza siempre termina oliendo a supervivencia

Acá está el detalle que más se repite y menos se comenta: en Perú la pelea de verdad no suele ser por el primer lugar, sino por el segundo. Y esa pelea casi nunca la gana el más prolijo. La gana el que aguanta. En 2021, entre Castillo y Keiko apenas sumaron 32.3% en primera vuelta; el resto quedó pulverizado en una mesa de partes electoral. Eso pesa. Esa cifra, sola, debería enfriar cualquier lectura demasiado lineal sobre 2026.

No me compra, la verdad, el entusiasmo automático con el “outsider competitivo”. El outsider peruano funciona cuando logra volverse vehículo de una rabia nítida, concentrada, con dirección, como Humala en 2006 o Castillo en 2021. Si el malestar se reparte entre demasiados discursos, demasiadas promesas y demasiadas broncas que jalan cada una por su lado, el voto no se ordena: se riega. Y en ese terreno los candidatos con maquinaria territorial, voceros entrenados y electorado fiel suelen meterse a la ronda final aunque produzcan bostezo o cólera, o ambas cosas al mismo tiempo. Suena feo, sí. Suena conocido también.

Hay una comparación futbolera que me viene siguiendo desde la mañana. Universitario campeón de 2013 no fue un equipo de abundancia ofensiva; fue, más bien, un equipo que entendió dónde se jugaba de verdad la temporada y cómo no romperse en los tramos flacos, esos momentos medio grises en los que no había mucho brillo pero sí mucha chamba silenciosa. En una elección peruana sobrepoblada, pasar a segunda vuelta se parece más a defender bien un 1-0 en altura que a gustar. El candidato que entienda eso, ya tiene media tarea avanzada.

Esa lógica vuelve atractivos, en clave de pronóstico, dos mercados conceptuales. El primero sería “clasificar al balotaje”, bastante más razonable que apostar al ganador final cuando faltan meses y el panorama sigue moviéndose. El segundo, un poco más fino, sería “top 2 por bloques”: continuidad del establishment frente a salto antisistema. A ver, cómo lo explico. si el menú se abriera de verdad, yo sería cauto con pagar precio corto por cualquier novedad de primavera. En abril se llena la tribuna. En junio empieza a hablar el aparato.

Lo que dicen las encuestas permitidas y lo que no dicen

Las últimas encuestas difundidas por Ipsos, Datum y CPI, según reportes periodísticos de esta semana, ponen a Keiko Fujimori bien perfilada para la segunda vuelta. Eso calza con la secuencia previa y no tendría por qué sorprender a nadie que haya seguido 2011, 2016 y 2021. La discusión seria no pasa por si aparece competitiva. Pasa por quién se queda con el otro boleto.

Ahí el patrón peruano también deja una enseñanza áspera: el acompañante cambia más que la estructura de la elección. En 2006 fue García. En 2011 fue Ollanta Humala el que ganó la segunda vuelta ante Keiko. En 2016 apareció Kuczynski. En 2021, Castillo. Cuatro ciclos, cuatro rivales distintos para un mismo apellido plantado en el centro del tablero, y eso dice menos sobre la fortaleza individual de los contrincantes que sobre la fragilidad, rara, persistente, del sistema de partidos. Una liga donde todos cambian de camiseta a mitad de torneo termina premiando al que, para bien o para mal, la gente reconoce de memoria.

Meto una postal vieja porque ayuda a aterrizar la atmósfera peruana frente a los momentos grandes. Aquel 2-1 a Argentina en 1977, rumbo al Mundial de 1978, no se recuerda solamente por el resultado; se recuerda por cómo Perú compitió cuando la escena apretaba de verdad. Cubillas y Oblitas jugaron con una mezcla de temple y lectura. En política, salvando todas las distancias, pasa algo parecido: cuando la campaña se convierte en un estadio cerrado, el que ya estuvo ahí suele cometer menos errores no forzados.

Qué haría con una cuota y qué evitaría

Si mañana aparecieran mercados abiertos para “próximo presidente” o “clasifica a segunda vuelta”, yo desconfiaría del favorito absoluto para ganar la presidencia, pero no del favorito para meterse entre los dos primeros. Parece contradicción. No lo es. Perú ya mostró varias veces que entrar al balotaje y ganar el balotaje son deportes distintos. Keiko llegó tres veces a la final y perdió las tres. Ese dato pesa una barbaridad.

La jugada más sensata, entonces, sería separar trayectos. “Llega a segunda vuelta”, sí tiene sustento histórico para ciertos nombres. “Ganará la presidencia”, ahí ya entra un país bastante más volátil, donde el antifujimorismo, los pactos de última hora y el voto útil reescriben la escena en pocas semanas. El mercado que trate ambos escenarios como si fueran exactamente la misma cosa estaría comprando humo, pe', humo de verdad.

Multitud reunida en una plaza iluminada durante la noche
Multitud reunida en una plaza iluminada durante la noche

Lo que viene y el error más común

Queda campaña, quedan cruces, quedan tropiezos ajenos. Queda bastante. También queda algo que en el Rímac y en cualquier barrio popular se entiende rápido cuando la discusión se pone espesa: acá casi nadie gana por seducción limpia; se avanza por resistencia. Por eso yo creo que 2026 va a repetir el libreto de la fragmentación y la clasificación por oficio. No es una profecía elegante. Es una costumbre nacional.

Mi posición es simple. El patrón histórico manda más que la novedad de la semana. En Perú, cuando la oferta se multiplica, la elección no se abre del todo; más bien se angosta para unos pocos que ya saben sobrevivir. El nombre del acompañante de segunda vuelta puede cambiar otra vez, sí, pero la lógica que lo produce, esa lógica medio terca, medio vieja, viene jugando este torneo desde hace veinte años.

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